Era un jueves por la tarde. Elroy había estado durmiendo muy mal durante el verano y lo mismo desde que comenzaran las clases. Su última obsesión amorosa, Agatha Horton, había egresado el año anterior dejándolo sin una musa a quien dedicar sus poesías, las cuales absorbían la mayor parte de su tiempo. Ahora, sin musa ni poesía, se encontraba con más tiempo libre entre sus manos del que hubiera querido tener y eso le molestaba. En particular porque no podía dormir de noche y tampoco escribir nada decente y durante el día se deslizaba por los corredores del castillo como un zombie, muerto de sueño y frustrado.
Intentando distraerse, Elroy se dirigió a la biblioteca y se sentó no en la sala de lectura, sino en una de las sillas ubicadas entre las estanterías, para aquellos que no tenían tiempo que perder en su investigación. Había elegido un espacio muy al fondo, en una sección poco visitada salvo por aquellos estudiantes que necesitaban un lugar donde poder besuquearse sin ser descubiertos. Allí, se sentía conectado con ella, a quien le gustaba leer y por ese motivo, sacó de su bolso el libro que habían estado leyendo juntos en el baile de comienzo del año anterior, cuando se habían conocido. Lo había releído incontables veces ese verano, por lo que no tardó en quedarse dormido, con la cabeza colgándole sobre el hombro y el libro en la mano, abierto en una página cualquiera.