Era un viernes por la tarde. La mayoría de los alumnos aún se encontraban en clase, pero los de séptimo, que cumplían un horario distinto por tener que asistir sólo a las clases cuyos exámenes habían aprobado el año anterior, tenían sus propias agendas. Ella, por ejemplo, tenía una hora libre antes de que comenzara su siguiente clase, y decidió aprovecharla estudiando por adelantado los temas que estarían viendo. De ese modo, minimizaría las probabilidades de que su torpeza habitual causaran algún accidente o error que la hiciera quedar como una estúpida. En general, Maggie era aplicada, pero no aplicada al extremo. Este novedoso brote de responsabilidad le había surgido de la última clase de Transfiguración, en que ella había ido a parar a la enfermería por un error tonto de su parte.
Sentada en un aula vacía, Maggie tenía un libro abierto frente a ella, un reloj de bolsillo sobre el escritorio y la varita en la mano. Tras releer un momento el párrafo correspondiente en el libro, se focalizó en el reloj y murmuró el encantamiento a la vez que movía la varita para realizarlo. Un momento después, un conejo blanco y peludo estaba sentado en el lugar donde había estado el reloj. El único problema era que en lugar de oírse el suave sonido de su respiración, se oía el tic tac del reloj cuando el pecho del animalito bajaba y subía. "Oh, genial..." protestó en voz baja, frustrada.